jueves, 26 de octubre de 2017

Pasen y lean! Relatos cortos y escritos largos.

Esta es la primera publicación en un blog que existe desde hace mucho tiempo pero que hasta hoy no lo he abierto al público.
El título de este blog lo dice todo. Relatos cortos y escritos largos. Aclararé que sé que no escribo bien. Pero escribir para mí es una necesidad de expresión. No se espere por tanto buena literatura pero comunicar... ¡Ay! ¡Eso sí sé hacerlo! Háganme el favor de fijarse en el qué y no en el cómo y si antes de cerrar esta pantalla me dejan una palabra para comprobar que hubo tras este cristal alguien que leyó y entendió estaré encantada de saber de ustedes.
Es biográfico lo que contiene este blog? Corresponde todo a hechos reales? Es un retrato fiel de mis experiencias? Fechas, nombres, hechos, diálogos, forman parte de mi realidad de modo exacto?  Siempre que se escribe, inevitablemente, se hace desde la realidad del autor pero el producto de su pluma no es solo un reflejo fiel en el espejo de esa realidad si no una imagen aderezada con la imaginación, los sueños, los deseos, las fantasías y los miedos. A veces relato lo que ocurrió y otras lo que me hubiera gustado que ocurriera o cómo me hubiera gustado que fuera una historia. Si algún privilegio tiene el ser humano es el sueño, el deseo o simplemente el regocijo que produce la imaginación.

No busquen retratos de ustedes si pertenecen a mi entorno ni lleguen a conclusiones sobre cómo es mi mundo a tenor de lo que escribo. Es cierto  que parte de ti está aquí, amigo, familiar, compañero, vecino o simple conocido..., formando la estructura de algunos personajes. Pero lo que muestro no son retratos hiperrealistas de vosotros si no cuadros distorsionados de seres de mi vida y de mí misma en mi relación con ellos, con los que  formaron, forman y espero que se incorporen a ella en el futuro. No se olviden ustedes al leerme que esto tan solo es literatura.
Espero que me acompañen en este nuevo espacio que abro como llevan tiempo acompañándome en este jardín. Gracias siempre!

miércoles, 25 de octubre de 2017

Islas de tiempo sin tiempo.

Desde que él ha llegado esta mañana a casa con la barra de pan bajo el brazo –Como ha hecho durante media vida los fines de semana- ambos saben qué va a ocurrir. Desde hace ya un año no han necesitado jamás acordar nada. Es como una especie de pacto tácito en el que ambos saben qué papel han de representar. Ninguno de los dos dice nada pero ambos son conscientes de que necesitan de vez en cuando escenificar esta especie de juego. Necesitan engañarse durante unas horas y jugar a que siguen siendo una pareja. 
Precisan olvidar durante un rato que ya no están casados. A modo de  goma de borrar, quieren creer por unas horas, que siguen siendo los de entonces, que no se han hecho demasiado daño, que aún es posible que ambos sean “uno” y que a los pedazos en que se rompió hace mucho tiempo ya su interior, les resulta posible que no se les noten las junturas. 
La conciencia de ello mientras lo escribe ahora en su relato empuja las lágrimas hacia sus ojos y la pantalla del ordenador se torna borrosa. No debe permitir que eso ocurra –Si él despierta de siesta y la ve llorar se romperá el hechizo y la conciencia de que están jugando, jugando a que nada ha pasado, le devolverá a la realidad de un mazazo– Sabe que él, tanto como ella, necesitan de estos paréntesis de tiempo. Trozos de tiempo sin tiempo. Islas de realidad flotando solitarias sobre las circunstancias que ahora les envuelven a los dos en todos sus días y todas sus noches. Piezas no existentes del puzzle del entorno más cruel que es ahora su momento –El de ambos– 
Los días que esto ocurre –Sin verbalizarlo– juegan a este juego y todo se olvida. No quieren recordar palabras pronunciadas antaño, ni reproches mutuamente lanzados como dagas al centro de la herida. Pretenden olvidarse de los cristales rotos. Miran hacia otro lado para no apercibirse de los mil cachos de vidrio esparcidos alrededor de sus corazones. Y ella es capaz de mirarle con infinita ternura mientras le dice que se tumbe y le pregunta si quiere dormir una siesta. Y él es capaz de sonreírle como le ha sonreído siempre, con aquellos ojos por los que se le escapa el alma cuando la mira desde que ya no viven juntos. Hoy, como siempre que juegan a seguir siendo una pareja, le ha tapado con la manta en el sofá y él   –Quizás internamente consciente del juego, agradecido en el fondo por tenerla aún de compañera de interpretación– ha acercado el cuerpo de ella a su cuerpo y casi la ha metido dentro del pecho con su abrazo. Mientras se iba separando para volver a la posición erguida, la imagen de sus ojos entornados la ha dejado casi sin respiración. Ha sido apenas apreciable pero ella se ha percatado. Sus ojos entreabiertos han impedido que se viera con nitidez la excesiva humedad bajo los párpados. Ella ha deseado que él hiciera algo, algo que impidiera la evidencia, la visión de una escena que ninguno de los dos desea que invada esta realidad que no es real. Como si él adivinara, ha fruncido levemente la piel sobre sus ojos y ha evitado que se derramen. 

Como si nada hubiera pasado. Ella tranquilamente escribiendo un relato frente a su ordenador. Él durmiendo la siesta en el sofá rojo, con el cenicero en una mesa blanca y amplia a su lado, –una mesa y un sofá que hasta hace no tanto eran suyos también– tapado con una manta con la que mil veces se ha cubierto. Remedo de aquella normalidad y costumbre que tuvieron durante más de veinte años. Como si nada hubiera pasado. Hasta sus oídos llega su respiración profunda y acompasada. Como si nada hubiera pasado, como si se tratara de una de aquellas siestas que habitualmente hacía tras ella prepararle una espléndida comida y apurar la copa que le servía con su brandy o su güisqui de costumbre. Siempre le gustó la plácida sensación de ver esa imagen de él tumbado, leyendo durante unos minutos antes de quedarse dormido y que sabe sin ningún género de dudas cómo se va a desarrollar minuto a minuto, fotograma a fotograma. Y ahora, como siempre, anticipa lo que vendrá sin remisión –el libro poco a poco inclinándose hacia su estómago, manteniéndose en equilibrio inestable frente a su cara, sus manos cada vez menos tensas sujetándolo,  hasta que finalmente lo suelta y cae sobre la alfombra al lado del sofá–  Se le antoja esa escena como  una de las imágenes plástica que mejor encarnan conceptos como hogar, pareja, normalidad… y provoca su contemplación en este momento –como había sido siempre- un placentero y cálido sosiego. Una tregua, un momento de respiro.  

Lleva ya rato con aquel emplasto en la cara y tendrá que levantarse pronto e ir al baño a retirarse la mascarilla que cubre su rostro. El potingue color verde se está endureciendo por momentos y le tiene la cara agarrotada. Apenas puede gesticular y se le hace difícil aspirar el humo de su cigarrillo encendido. Es curioso, ella no ocultaría su rostro de personaje de la serie televisiva de “V” aunque él ahora despertara y abriera los ojos. La ha visto muchas veces con mil potingues en su cara, con el pelo mojado, sin maquillar. Quizás esa normalidad en las situaciones menos glamurosas es lo que hace precisamente que una pareja exista –eso piensa ahora– La sensación de ser admitida en todo momento, de todas las formas, incluso con esta guisa con el rostro impertérrito, adoleciendo esa rigidez casi de escultura. Sí, la normalidad, lo que acontece habitualmente, lo que es usual. Su mascarilla, su voz de hombre llenando la cocina, la necesidad de regañarle constantemente para que evite que las gotas de los cacharros húmedos caigan al suelo, su paquete de tabaco de liar en la encimera, su cazadora sobre el sillón orejero del salón, las oleadas intermitentes de aire impregnado del olor  del último bote de colonia que ella le regaló…

A su pesar el tiempo transcurre y el trozo de tiempo sin tiempo pasa –¿Qué hora es?– le escucha preguntar desde su silla y mira de reojo el reloj de su pantalla que le dice que son las siete y diez.
–Temprano, muy temprano. Sigue durmiendo– Pero sabe que su reloj biológico le dirá la verdad. Le impedirá seguir durmiendo y dentro de poco se levantará y su cazadora ya no dormirá sobre el sillón orejero, ni sus zapatos estarán vacíos sobre la alfombra al lado del sofá. Cuando regrese a la cocina la bolsa de tabaco de liar ya no estará en la encimera y  al despedirle con un cálido abrazo en la puerta aspirará intensamente para retenerle durante unos segundos cuando cierre la puerta tras él. Apoyará su espalda contra la puerta y un nudo subirá a su garganta. Pero sólo dejará escapar el sonido cuando sepa que él ha llegado al portal para que no pueda escuchar el gemido. El juego habrá terminado y las junturas de los trozos de cristal volverán a ser evidentes, aunque a ratos, si se entornan los ojos evitando  una mirada nítida, hayan logrado ignorarlas.